"El soniquete de las máquinas tragaperras y el tintineo de las monedas al conseguir un premio son parte de la atmósfera de los bares españoles. Pero la imagen de personas solitarias ante los reclamos luminosos de una recompensa en euros es más que el reflejo de una costumbre, una manía o un mal llamado vicio: es UNA ENFERMEDAD, la ludopatía.” Leonardo Soriano, Presidente de FEJAR (Federación Española de Jugadores Rehabilitados).
"Se empieza como algo lúdico, relacional. Pero poco a poco va ocupando todos los aspectos vitales del sujeto, hasta convertirse en algo CENTRAL, en la causa de todas sus preocupaciones; y para conservar el juego se miente, se cometen delitos o se traiciona la confianza de la familia.” Jerónimo Sáiz, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal.
Una declaración previa de intenciones: no pretendo, porque no tengo competencia para ello, que este artículo sea un sesudo estudio médico sobre los motivos psicológicos que llevan a un jugador de póquer a rebasar las fronteras del comportamiento normal para entrar en los espinosos territorios de la adicción.
Pero lo que tampoco quiero hacer es que esto se convierta en una especie de alegato sobre las hipotéticas virtudes y especiales cualidades que hacen del jugador de póquer alguien inmune a cualquier atisbo adictivo, bajo el pretexto, frecuentemente utilizado, de que el azar no desempeña en el póquer un papel preponderante. Cualquier coraza es destructible cuando de ludopatía hablamos.
Es cierto que ese azar, que planea de manera casi absoluta en otro juegos (bingos, ruletas, loterías, tragaperras…) es el elemento detonante de la conducta enfermiza que define al ludópata.
Parece claro que todo juego sobre el que no cabe ningún tipo de control humano, sobre el que no podamos integrar la habilidad del jugador en el resultado final del juego en cuestión, acaba siendo un juego que esclaviza al sujeto, convirtiéndole en presa de seguras pérdidas económicas.
El elemento de aleatoriedad mencionado, que reduce las posibilidades de beneficio al mínimo se une, sin embargo, a esa innata condición del ser humano de intentar obtener unas ganancias extraordinarias de manera anómala, fuera de lo que llamaríamos los “cauces habituales” (principalmente el trabajo) lo cual provoca estados de ánimo eufóricos, irracionales, alterando la respuesta mental lógica, que sería la de desechar esas vías alternativas que con toda seguridad no van a darnos ese ansiado futuro sin problemas económicos.
Las diferencias del póquer como juego de cartas donde el jugador puede perfeccionar en gran medida su técnica para alcanzar la victoria y con ella rendimiento económico en relación con los otros juegos antes mencionados es, aún con todo, palpable.
Juegos como el bingo o las loterías, de mecánica sencillísima y que no exigen acción alguna por parte del jugador, basan su capacidad de atracción en la multiplicación de lo invertido por cifras muy altas, pero un cálculo básico de probabilidades indica que la posibilidad de ser ganador es ínfima.
Y aún así, repetimos experiencia y aumentamos las inversiones, convencidos de que el factor frecuencia o el de mayor inversión aumentará nuestro porcentaje de hipotético éxito.
Y llegamos al juego con mayor capacidad adictiva de todos, las máquinas tragaperras, siendo precisamente el que menos opción de beneficio ofrece.
El engaño de estas máquinas está perfectamente pergeñado. Se ofrece un retorno sobre la inversión fijo, como primer cebo. Se monta un escenario atrayente, que engatusa al jugador, embotando su normal capacidad de discernimiento, con música y luces aparatosas y casi hipnóticos (de hecho producen un premeditado impulso cerebral, como pasa con las luces de discoteca o con esos mensajes subliminales que se decía nos metían en los espacios publicitarios).
Se preparan los mecanismos de la máquina para que nunca sea el jugador el que obtenga el mayor rédito. Y se colocan en lugares de fácil y frecuente acceso, en convivencia diaria con los hábitos del ciudadano medio.
Le sumamos a todo lo dicho esa ficticia sensación de control o manipulación de la suerte, a modo de botones o palancas de uso, de supuestos ciclos de ganancias y de ese aprovechamiento de los temibles “momentos calientes” de la máquina y ya está todo dispuesto para activar el “clic” mental de la adicción, de esa irrefrenable tendencia a repetir la acción hasta la extenuación para reparar las pérdidas anteriores.
Es evidente que en lo relativo al póquer se produce un alejamiento del factor dependencia, en tanto en cuanto el elemento azar queda más diluido. Pero no nos engañemos, ya que anular por completo el azar no es posible, todo lo más y no es poco, llegaremos a reducir su influencia, pero siempre a largo plazo, jugando muchos cientos de miles de manos y perfeccionando nuestra habilidad y conocimiento de las tácticas.
Pero el porcentaje de jugadores que reúnen estos requisitos no es alto, siendo la presencia ocasional la que más define al aficionado al póquer. Nuestras mesas están repletas de jugadores “amateurs” que aprendidas, a veces con pinzas, las reglas del juego, efectúan sus ingresos para poner a prueba hasta dónde su talento les puede llevar en términos económicos.
Parafraseando a Phil Gordon, que comentó que la aparición de libros sobre póquer produjo un efecto de “democratización” en las mesas (todo el mundo empezó a leer las consignas de los expertos y se lanzó a las mesas a ponerlas en práctica, convencidos de poseer la piedra filosofal), es claro que el póquer “on line” ha producido el mismo efecto. Cualquiera puede compartir acción en esas mesas con el más avezado de los profesionales en supuesta igualdad de condiciones y eso supone un incentivo (y un peligro) añadido. Sobre todo si se entra sin la preparación adecuada.
Voy a apartarme, aunque no definitivamente, del perfil del jugador profesional o semipro, que ha dedicado un esfuerzo importante a estudiar el trasfondo matemático del juego, que domina y respeta los principios de gestión del “bank” o de los vaivenes de la varianza y que ha llegado a un punto en que ha minimizado al máximo cuestiones como la emotividad o la impulsividad, de tal manera que no permite que las emociones se mezclen en su ritmo de trabajo.
Quiero centrarme en el jugador ocasional y poco formado, el que simplifica el póquer bajo endebles premisas del tipo “ya sé jugar”, “he oído que puedo llegar a ganar mucho dinero”, “las mesas está repletas de jugadores ingenuos y fácilmente vencibles” o “cómo me gustaría dejarlo todo y dedicarme exclusivamente al póquer, porque estoy capacitado para ello…”.
Recordemos que la ludopatía es una enfermedad de difícil curación, que de producirse, exigirá una especial atención por parte de familiares y amigos, una exhaustiva vigilancia sobre ese enfermo y una búsqueda de la reversión de su comportamiento, en manos de profesionales, con terapias específicas.
Los daños en lo personal, en lo afectivo y en lo económico que sufrirá el ludópata hace muy aconsejable mucha precaución previa y que cada uno, o el entorno que nos rodee, podamos responder ante cualquier señal de peligro que se presente. Como pudieran ser las siguientes:
1.- La inmadurez, tantas veces repetida, pero que es el principal caldo de cultivo de la adicción.
En determinadas edades el intelecto está por desarrollar, las conductas son aún irreflexivas y viscerales, no se ha recorrido camino vital como para dar al dinero la consideración que merece, se es demasiado idealista, no se admite la derrota con templanza (el joven es, por lo general, soberbio y rebelde) y no se ha establecido una jerarquía de prioridades en la vida.
2.- La obcecación en la percepción errónea de nuestro nivel y en la supuesta habilidad adquirida.
No todos pueden ser jugadores de póquer estables y ganadores. Y cuanto antes reconozcamos que quizá no valgamos para este juego y afrontemos una honrosa retirada, mejor será. Si hemos ingresado x veces, con los mismos malos resultados, quizá sea el momento de pensar que, por la razón que sea, nuestra capacidad para el póquer es escasa o nula. Y no persistamos en busca de la recuperación, porque será el comienzo de la caída.
3.- Tomemos el póquer como una afición que nos substrae durante unas horas semanales de nuestra rutina, disfrutemos de esos ratos y nunca supeditemos nuestros hábitos a favor del juego.
Poco a poco, según vayamos progresando, podemos aumentar nuestra dedicación (tampoco es cuestión de desaprovechar nuestras posibilidades si las vamos adquiriendo con pasos firmes y organizados) pero NUNCA dejemos que el póquer sea una obligación que nos aleje de los estudios, de una trayectoria profesional gratificante o de cosas más mundanas como un viaje con tu pareja, un fin de semana de juerga con tus amigos o hasta esa colección de sellos que llevabas años mimando.
4.- Cuidado con tomar referentes inalcanzables y dejarse embaucar por el lado más aparente de este juego.
Es cierto que a diario leemos y hasta convivimos con jugadores de gran nivel, que ganan cantidades de dinero enormes y de forma regular. Pero que quede claro que muy pocos llegan hasta ahí y marcarse objetivos irreales es el más fácil desencadenante de frustraciones que existe. Querer imitar a nuestro “héroe” puede ser un error irreparable, sobre todo si no reconocemos que no podemos llegar a esos niveles.
Y de paso, una petición, en mi modestia, a estos referentes: la difusión indiscriminada de datos de ganancias aporta muy poco en el enriquecimiento de los lectores de los mismos. Es admirable el tiempo que esos grandes jugadores dedican a compartir sus conocimientos, pero ese afán (humano) de prodigarse con la info diaria de sus inconmensurables progresos es dinamita pura en manos de mucha gente que no sabe digerirlos. Un poco de prudencia, siquiera de cara a evitar “castillos en el aire” sería muy recomendable por su parte.
5.- Una última cuestión, más de perfil psicológico del jugador de póquer-potencial ludópata.
Ciertas personalidades caracterizadas por problemas personales, escasa capacidad para las relaciones sociales, cierta introversión o hasta con complejos físicos o de comportamiento son serios candidatos a tomar el póquer “on line” como refugio, como válvula de escape, como un lugar donde se sienten seguros y hasta triunfadores por primera vez.
Y por ello, reclamo del entorno de este tipo de personas una atención máxima, no parece que decantarse por el juego sea la mejor solución a sus problemas.
Esta anotación fue publicada en Póquer Red el Miércoles 6 de Agosto de 2008 por The Big Trujillano . Fue archivada en la(s) categoría(s) de Artículos, Otras cosas. Si te ha interesado te animamos a suscribirte a todas las novedades de la web bien por rss o por correo electrónico.
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No creo que el azar sea algo determinante en relación con una adicción. Desde mi punto de vista a la hora de crearse una adicción son los momentos o resultados que asociamos a lo que nos crea adicción lo que nos hace engancharnos.
Yo tomo speed porque me hace sentirme eufórico y mi cansancio desaparece. Si eso me sirve para pasarmelo bien en una fiesta asocio speed a pasarmelo bien y creada la adicción puede que no sea capaz de pasármelo bien sin speed.
Con el poker puede ocurrir algo similar en otros parámetros. De hecho en un polémico artículo me inventé el término de "ludopata ganardor" lo que quiere decir que ni el azar ni llevado el extremo el hecho de ganar jugando son impedimentos para que se desarrolle una adicción.
metiéndote mierda de esa así tienes de bajo el steal desde la sb :-P ;-)
Ya va subiendo, ya va subiendo.... fiesta!!!!
Y el mío bajando, bajando, que me estaban rerobando que daba gusto :P!
Bol, le he dado una vuelta y fijate que creo que son compatibles los dos razonamientos, el que tú haces y el relativo al azar como condicionante de la adicción que no das como determinante.
Sigo pensando (joer, por eso lo argumenté así en el artículo :P) que el desencadenante de la ludopatía en sus variantes más frecuentes se debe a un deseo interno del ser humano por superar los avatares del azar, es decir, ante un juego (tragaperras p.ej., el más evidente)en el que la posibilidad de victoria-beneficio es ínfima y hasta manipulada en nuestra contra, somos tan sumamente obtusos que luchamos y luchamos, golpeándonos hasta la saciedad, por llegar a escuchar el tintineo de monedas a borbotones cayendo de la máquina, por un incomprensible prurito de superar esa suerte esquiva.
Y lo mismo nos sucede con las loterías, donde gastamos y gastamos en la confianza (inaudita) de que a lo largo de nuestra vida raro será que no sea yo el que logre un premio gordo soñado.
Es todo una respuesta inconsciente de nuestra mente, que llega a un punto en que, atrapada por las redes del juego (muy atractivo por naturaleza para el ser humano, para cualquier ser humano)hace saltar un resorte que nos saca de un comportamiento estandar para pasar a ser desviado, imprevisible e incontrolable. Y todo ello por no querer reconocer (ni frenar a tiempo) que estamos intentando ser vencedores en la lucha contra la pura aleatoriedad, lucha perdida de antemano.
Y te digo que me gusta también tu visión porque creo que está relacionada con lo que comento en el artículo sobre esos perfiles de personalidad propensos a llegar a ser adictos en el póquer (como en otros juegos).
Esa necesidad de sentir placer con el juego, de repetir una situación que nos ha resultado gratificante cuando menos, esa asociación de momentos que nos hace engancharnos para poder revivirlos, tiene toda la pinta de responder a perfiles débiles, inestables, asociables a problemas de baja estima personal, de introversión, de dificultad para la relación social, todo lo cual nos lleva, casi en exclusividad, a subsanar esas fallas sumergiéndonos en el juego...y más aún si hablamos de póquer, donde parece claro que, además, podemos llegar a supeditar el factor suerte y obtener triunfos gracias a nuestra habilidad...¿Qué mejor ocasión para autoconvencernos de que somos personas de valía, de olvidar nuestras frustraciones en otros órdenes de la vida, de dejar claro al resto del mundo que me hace (quizá) sufrir que puedo ser una persona exitosa y válida en la vida?
Con el problema añadido de que muchos querrán repetir esa situación reconfortante sin darse cuenta de que no tienen la preparación precisa para salir indemnes, ni personal ni en el juego en si. Y caerán. Y repetirán porque lo necesitan y para arreglar el desaguisado. Y volverán a caer...
Ludopata: com. Persona que padece adicción patológica al juego.
El termino ludopata se asocia a adicto al juego. No especifica a que juego, quiero decir, es un ludopata tambien aquel que pasa el 95% de su tiempo libre en el World of Warcraft, que los hay, los hay que faltan al trabajo ó estudio por estar jugando a dicho juego ú otros similares como Ogame y demás. Que quizá no afectan a su bolsillo pero si a su vida personal, a no tener vida social.
Cualquiera que haya jugado a esos juegos abra conocido varios que sea la hora que sea, el día que sea, estan conectados.
Por tanto creo que como dice boltrok el azar no es determinante en la adicción.
Newmad, lo que tú comentas (bien comentado)considero que es más bien la transformación de una afición en una obsesión enfermiza que puede llegar a menoscabar el desarrollo intelectual y social normal de la persona implicada y dañar su capacidad relacional, reduciéndolo todo a ese mundo ficticio (y evocador) en el que se halla inmerso, y en el que probablemente se siente más seguro y aceptado que en el mundo real.
Y es dañino, no cabe duda, pero yo creo que el término "ludopatía" más bien está convencionalmente aceptado como una enfermedad vinculada al quebranto insostenible de cantidades económicas, empezando por su peculio propio, llevándose por delante además la estabilidad de quien esté bajo su tutela o responsabilidad y perjudicando a todo su entorno, que sufrirá muchas veces las necesidades de más dinero exigidas/solicitadas por el ludópata, así como cuestiones derivadas como violencia, depresión, engaño, rechazo hacia todo el que quiera ayudarle...De ahí la verdadera relevancia de esta adicción (como toda adicción, siempre pone en peligro un bien jurídico que se supone inquebrantable, la vida, el patrimonio...)
los hay que se han dejado los estudios (universitarios) para dedicarse al poker, no veo gran diferencia entre jugar al WOW y no ir a clase que dejarse la universidad para jugar al poker
Mi opinión es más en la línea de newmad y para nada es contraria a la tuya Truji sino más bien complementaria.
A pesar de tu acepción del término ludópata Truji, estrictamente diríamos que es un "adicto al juego" y el dinero no tiene parte ni arte en esta definición. Será o no una consecuencia.
El otro dia alguién posteo en mi blog lo siguiente en un artículo sobre el mismo tema:
"Que jugar a poker en tu casa, encerrado, delante del ordenador te hace insocial? Joder! Yo cuando juego tengo el msn y el IRC siempre encendido."
Puede ser que me haga viejo y esta sea la definición de vida social actualmente. De cualquier manera me parece patético considerar eso vida social y la hostia vendrá cuando tengas que bajar a por el pan o buscar un trabajo y ya no digamos dirigir una reunión aunque sea de la comunidad de vecinos.
Completamente de acuerdo con boltrok :), ni el azar ni el dinero determinan la adicción. Hay una frase en la pelicula apostando al límite que refleja muy bien esto, dice algo asi como "Los ludopatas solo nos sentimos vivos mientras gira la bola ó nos reparten las cartas, nos da igual ganar o perder"
PRoMaNiaC, la respuesta es simple, si en el poker puedes ganar más dinero que desempeñando tu futuro trabajo como ingeniero ó medico, pues es lógico aparcar los estudios y aprobechar esa fuente de ingresos mientras dure a tiempo completo. (Esta claro que para hacer eso se deben tener beneficios estables, algo muy muy dificil.)
A diferencia de eso el WOW no te da ningún tipo de beneficio, te ocupa tiempo y dinero pero a cambio no recibes nada más que entretenimiento.
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